Otra pelotera más. Parece mentira en una persona adulta en sus cabales. Haces o dices algo que no entra en sus cálculos y precipitas toda una serie de reproches enigmáticos que, en realidad, no son más que el reflejo de una hondísima frustración acumulada. Frustración derivada de la basura en la que se ha convertido su trabajo, de lo egoísta, indolente y convenido que es su marido, de que solamente salga de casa para hacer la compra, etc... Razones más que de sobra para estar cabreada con el mundo, pero que no justifican que me abronque virulentamente por el simple hecho de no hacer las cosas a su manera. Estar jodida no le da derecho a tratar a los demás a patadas.
Por lo que a mí respecta, estoy cansado de tener que soportar estoicamente sus embestidas periódicas. Y cuando digo estoicamente digo bien: yo no puedo levantar la voz porque me acusa de faltarle el respeto; ahora bien, ella sí puede hacerlo con toda legitimidad.
Al hilo de todo esto, veo claras varias cosas: 1) La frustración conduce con facilidad a la intolerancia, y ésta a que cualquier pequeña contrariedad desate una riada de gritos y reprimendas. 2) Cuando una persona grita a todo el mundo en medio de la incomprensión general, cabe pensar que es ella la que se equivoca. 3) Cuanto más intolerante eres con quienes te rodean, menos proclives son los demás a hacer esfuerzos por comprenderte.
En momentos como éste no aspiro a ser feliz ni a disfrutar de una vida más gratificante. Sólo aspiro a vivir tranquilo y en paz, sin que me griten ni me machaquen.
Autor: MaeseCosta
Fecha: 30/04/2006 16:38.
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