La factura del teléfono.
Se me acerca mi padre y, con gesto teatral, me dice (o me espeta, como diría el gilipollas de Antonio Burgos):
-Toma, ahí tienes la factura del teléfono.
A la vez que pronuncia la frase, pone la factura encima de la mesa con un gesto bastante brusco. Cuando comprueba que le estoy prestando atención, con un aire entre irónico y despectivo, me dice:
-26.000 pesetas...
A lo que yo, un poco confuso, le contesto:
-¿Y eso es bueno o es malo?
-Pues tú sabras.
Amos, no me jodas. Aquí el caballero, que, según él mismo dice, "no sabe ya qué comprarse", me llama la atención por un par de llamaditas telefónicas que yo había hecho y que habían costado 12 ó 13 cada una. Cierto que ya me vale, pero macho, llamarme la atención por eso cuando tú vas de capricho superfluo en capricho superfluo, tiene narices. Dices que "ni quemándolo se me acaba", y luego te rasgas las vestiduras por una puta factura cuyo importe es insignificante para ti. Encima, con lo que poco que gasto en vodka y jueguecitos de Play 2.
-Toma, ahí tienes la factura del teléfono.
A la vez que pronuncia la frase, pone la factura encima de la mesa con un gesto bastante brusco. Cuando comprueba que le estoy prestando atención, con un aire entre irónico y despectivo, me dice:
-26.000 pesetas...
A lo que yo, un poco confuso, le contesto:
-¿Y eso es bueno o es malo?
-Pues tú sabras.
Amos, no me jodas. Aquí el caballero, que, según él mismo dice, "no sabe ya qué comprarse", me llama la atención por un par de llamaditas telefónicas que yo había hecho y que habían costado 12 ó 13 cada una. Cierto que ya me vale, pero macho, llamarme la atención por eso cuando tú vas de capricho superfluo en capricho superfluo, tiene narices. Dices que "ni quemándolo se me acaba", y luego te rasgas las vestiduras por una puta factura cuyo importe es insignificante para ti. Encima, con lo que poco que gasto en vodka y jueguecitos de Play 2.
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